Un Curso Doble de Milagros

Un Curso de Milagros está diseñado para sacarte de la mentalidad convencional, aquella que ni siquiera sabe razonar correctamente y confunde al amor con el miedo. Está mentalidad representa al infierno, al mundo del revés donde, en lugar de dirigirnos hacia el futuro siguiendo la línea evolutiva de la vida, tratamos de volver al pasado. Esta actitud involutiva busca la muerte en vida. Muchos ancianos se sienten amargados porque siguen arrepintiéndose o imaginando que, si las cosas hubieran ido de otra manera, la felicidad sería ahora su hogar. La vida es un camino que solo tiene una dirección. Aprender a fluir con ella nos reconcilia con el factor tiempo y nos prepara para experimentar su inexistencia metafísica. Este proceso es un ejemplo de los muchos en los cuales, para que la mente pueda dar el salto a la realidad, necesita de una etapa intermedia entre el uso incorrecto de sus leyes y la liberación.

Un Curso de Milagros está diseñado, por tanto, en 2 etapas que se van entremezclando. La primera te saca de la mentalidad egoica y la segunda te lleva de la mente correcta al Cielo, es decir, a un tipo de funcionamiento mental que domina el uso del pensamiento lógico-paradójico. En la primera te enseña a razonar correctamente. Luego te lanza al abismo espiritual en donde lo aparentemente contradictorio compone todo su entramado de relaciones y el pensamiento lineal da paso obligado al multidimensional. Allí todo se inter-relaciona con todo simultáneamente y el universo holográfico se abre a la mirada curiosa de quienes han conseguido aprender un correcto discernimiento entre los aparentes opuestos del mundo dual. Lo que suele ocurrir es que, en esta base espacial de lanzamiento, y no antes, surgen ciertas resistencias a permanecer en la lógica correcta antes de cruzar la frontera del País de las Maravillas.

En la página 376 de su Libro de Ejercicios se encuentra la lección 186 titulada “De mí depende la salvación del mundo”. En su párrafo 1 versículo 5 dice así: “Tan sólo reconoce que la Voluntad de Dios se hace tanto en la tierra como en el Cielo”. Si la Voluntad de Dios se está haciendo cada instante en la tierra significa que todo lo que está ocurriendo en el plano perceptual de los sentidos externos e internos es una parte imprescindible del plan de salvación del Espíritu Santo. El ejercicio sigue diciendo en su versículo 6: “(la Voluntad de Dios) Une a todas las voluntades de la tierra en el plan celestial para la salvación del mundo, y les restituye la paz del Cielo”. Todo el proceso de evolución del Cosmos es, literalmente, el plan celestial para la salvación. Si accediéramos a la memoria donde se guardan registrados todos y cada uno de los infinitos acontecimientos que han existido y existirán, comprobaríamos que es así.

Por este, y no por otro motivo, nunca está justificado hacer un juicio contra alguien o algo. La fe auténtica no cuestiona el presente ni pone su esperanza en un hipotético futuro mejor, sino que se abre a la perfección de cada instante aunque no entienda cómo es precisamente eso lo que debe ocurrir para que el plan mencionado siga su curso. Este es el tipo de aceptación que, paradójicamente, empodera a la persona, la libera de los condicionamientos sociales que limitaban el uso de su libre albedrío y la convierte en un canal consciente para que esa Voluntad de Dios que siempre se hace en la tierra gane un colaborador que, aparentemente, haga ahorrar tiempo al plan. El maestro de Dios debe ir más allá de las diferenciaciones que son necesarias cuando eres un estudiante avanzado y has adquirido la habilidad de pillar al ego en la mayoría de las ocasiones que intenta jugártela. Ese ir más allá es la no dualidad.

Cuando aprecias el descanso que implica el ir más allá de esas diferenciaciones necesarias entre el ego y el Espíritu Santo vas dejando de poner el foco de atención en remarcar esas diferencias y te vas entregando a la tarea de incluirlo todo en el paquete del plan de salvación. Para entonces, compartir con tus hermanos acerca de si Dios sabe algo de este mundo ilusorio o si el cuerpo físico es real pierde interés. Las resistencias que menciono al final del segundo párrafo tienen que ver con el momento en que el estudiante avanzado presiente que le llega el momento de convertirse en maestro de Dios y usa al ego para defenderse de los mensajes de no dualidad que le llegan procedentes de otros hermanos y de la vida en general. La no dualidad parece, a ojos de ese tipo de estudiante, un territorio contrario a la práctica correcta que le ha permitido llegar hasta ese umbral. Es razonable pensar así.

Para alguien que ha sufrido un accidente casi mortal, varias operaciones quirúrgicas, un arduo proceso post-operatorio, una larga rehabilitación y, para finalizar, una etapa en la que sus muletas se han convertido en unas compañeras inseparables con quienes ha compartido muchos momentos de crisis y de superación, soltarlas cuando se han vuelto una carga que ralentiza su marcha supone un proceso de duelo. A partir de ese momento, traspasar el límite que separa a la dualidad razonadora de la no dualidad paradójica, aquella que, aunque sigue usando la razón, la ve como parte del sueño, se experimenta como un salto al vacío. Si te atreves a saltar, y no antes, Dios te tiende la mano. A partir de entonces, dejas de luchar contra las emociones negativas. Ocurre además que el discernimiento entre ambas voces opera de tal modo que consigue el milagro de unirlas en un solo propósito.

La no dualidad no es que no se hagan distinciones, sino que se las experimenta como algo que, en lugar de determinar la decisión a tomar, sirven de asesoramiento para que la parte de la mente que se abre a la conexión consciente con el Espíritu Santo reciba la guía necesaria. Teniendo en cuenta los factores visibles e invisibles de cada situación dada, la decisión correcta será tomada. La paradoja en este caso es que siempre será la correcta, independientemente de que el procedimiento haya tenido éxito o no. “No importa si crees estar en el Cielo o en la tierra” (Texto – página 746 – párrafo 7). No importa si crees estar en el ego o en el espíritu porque nada real puede ser amenazado, ni siquiera por la creencia ciega de que es posible. La parte de la mente que aún cree necesitar un aprendizaje a través del contraste de los opuestos experimentará miedo cuando se identifique con el ego, esa será toda la diferencia.

Entonces, para qué insistir en remarcar más allá del tiempo estrictamente necesario la división si luego, cuando pases a la no dualidad, vas a tener que soltarla. Para qué empeñarse heroicamente en excluir al ego de tu vida si, cuando consigas amar de verdad, lo vas a recibir como si fuera al hijo pródigo. Para qué tomarte el trabajo de maldecir al mal si es lo que te ayudará siempre a encontrar la orientación correcta en tu vida. Para qué mantener una opinión contraria a lo que sea, incluso a la violencia física, si puedes disfrutar de la humildad de reconocer que tu mente nunca será capaz de valorar por si sola lo que pasa dentro y fuera de ella. Para qué ponerte del lado de los “pro-wisconsianos” del Master Teacher o de los “anti-wisconsianos” de Kenneth Wapnick si puedes servir de nexo de unión entre ellos. Para qué seguir separándolo todo en dos partes si el objetivo es la experiencia de unicidad.

Eres esa experiencia ahora mismo aunque mantengas todo tipo de defensas que, aparentemente, te separen de ella. Eres esa experiencia aunque se dispare una ráfaga de objeciones en tu mente que pretendan confirmarte que mis palabras son una locura. Eres esa experiencia aunque estés a punto de suicidarte, lo eres aunque luches a muerte contra ella. Eres esa experiencia aunque solo la sientas en el lugar más recóndito de tu inconsciente. Lo eres aunque tu identidad, ese quien crees ser, se sienta muy superior al resto de los mortales debido a su palabrería milagrera. Lo eres y, gracias a Dios, no puedes dejar de serlo por razón de Aquel que te creó. Lo eres aunque no entiendas nada de este mundo o, por el contrario, creas entenderlo todo, incluso este escrito, que ya es decir. Celebro que lo seas, celebro que lo seamos incluso en mitad del dolor de corazón más profundo y desgarrador. ¡Felicidades!

 

 

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